día de muertos · hospital · versos
Una calaverita para el doctor Ruelas
En la central de enfermería sorteamos calaveritas cada octubre. Me tocó escribirle versos al doctor que me mandó a la banca, y leerlos a las cuatro de la mañana.

Desde el 15 de octubre hay una caja de zapatos en la central de enfermería, forrada con papel china morado y con un letrero escrito en plumón: "CALAVERITAS 2026. NO SE ACEPTAN QUEJAS". La caja es la misma cada año. El papel china no, porque se rompe, pero el letrero sí; alguien nada más tacha el año y escribe el nuevo abajo. Ya va por cinco años tachados.
La regla es sencilla. Todos los del turno de noche ponemos nuestro nombre en un papelito, sacamos uno y le escribimos una calaverita a quien nos haya tocado. Se leen en voz alta la madrugada del 30, en el rato muerto, y la única condición es que nadie se enoje. La condición se rompe todos los años, pero poquito.
Yo saqué mi papelito con los ojos cerrados, como si fuera rifa de iglesia. Lo abrí. Decía "Dr. Ruelas". Con la letra de la Pao, que fue la que hizo los papelitos y que juró que no hizo trampa con una sonrisa que decía lo contrario.
Rimar con Ruelas
El doctor Ruelas es el de traumatología, el que me revisó la rodilla en el pasillo y me mandó dos semanas a la banca. Es serio, ve a la gente por encima de los lentes y nunca he sabido si se ríe de mis chistes o si nada más respira fuerte. Escribirle una calaverita era como hacerle cosquillas a un perro que no conoces: se puede, pero con cuidado.
Lo primero que hice fue buscar qué rima con Ruelas. Muelas. Suelas. Escuelas. Abuelas. Cazuelas. Con eso no se arma nada que no suene a anuncio de dentista. Lo escribí en la lista del súper, abajo de "jabón" y "tapones", y lo dejé ahí unos días a ver si maduraba solo.
No maduró. Lo que sí pasó es que tuve tardes. Las tardes libres de la rodilla, que ya llevan casi dos semanas, y que esta vez usé sentada en la mesa de la cocina con una pluma, un cuaderno de los que se dan en los congresos y la nota de Doña Chela mirándome desde el refri. Hacía años que no escribía versos. La última vez fue en la secundaria, para una niña que se llamaba Fabiola y que me cayó mal tres años seguidos. Rimé Fabiola con "se quedó sola" y me mandaron a la dirección.
Le pedí ayuda al grupo de "Las Ortega". Andrea me contestó que su hijo chico también tenía que hacer una calaverita para la escuela, para su maestra, y que si ya andaba en eso le hiciera también la de él. Lucía mandó un audio de un minuto con propuestas, todas con la palabra "chamuelas", que no existe. Mi mamá, desde su celular nuevo, mandó un sticker de una calavera bailando y la frase "Ponle que es muy guapo, a los doctores les gusta". No usé ninguna.
La lectura
Anoche, a las cuatro y cuarto, la Pao apagó el foco grande de la central y dejó nada más la lámpara del escritorio, para que se viera más tétrico. Se juntaron como doce personas: enfermeras, dos residentes, un camillero, Don Memo que se vino desde la entrada con su termo verde. El doctor Ruelas estaba de guardia y llegó al final, con las manos en las bolsas de la bata, a la orilla del grupo, como quien pasa por ahí.
Leyeron primero las otras. A la Pao le tocó una sobre su manía de pedir cambios de turno, y la Muerte se la llevaba "porque ya le debía tres guardias". A mí me la escribió Don Memo, que no es del turno pero siempre se mete al sorteo, y era sobre la mañana en que el Chevy no quiso: la Calaca venía por mí al estacionamiento y yo le pedía cables. Me reí tanto que tuve que sentarme.
Luego me tocó a mí. Leí parada, con el papel temblando un poquito, viendo a todos menos a él.
La Catrina llegó a urgencias / con su vestido de gala, / buscando al doctor Ruelas / por los pasillos de la sala.
Lo encontró en un corredor, / sin consultorio ni silla, / revisándole a un señor / la muñeca y la rodilla.
"Vengo por usted, doctor", / le dijo con mucha calma. / "Ahorita no", contestó Ruelas, / "hielo y reposo, mi alma".
Dos semanas en la banca / la tuvo, sin protestar, / y ahora la Muerte cojea / y no se lo puede llevar.
Hubo un silencio de un segundo, que en la central es mucho. Luego Don Memo aplaudió con el termo en la mano y todos se rieron, y entre todos se oyó una risa que no conocía, corta, como de tos. Era él.
Lo que se lleva uno
A las siete y cuarto, en la entrega de guardia, el doctor Ruelas pasó junto a mí rumbo al elevador. Me pidió el papel. Se lo di. Lo dobló en cuatro, lo guardó en el bolsillo de la bata, junto a una lámpara de pupilas y un paquete de chicles, y me vio por encima de los lentes.
—Mañana ya puede correr, Ortega. Despacito.
Le dije que sí. Que despacito, como la Catrina. Ya no me contestó, pero se fue respirando fuerte, que ahora sé lo que significa.


