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La planta del cuarto oscuro
Mi mamá me regaló un gajo de potos hace un año y yo duermo con cortinas de búnker. Una planta que no pide nada, un riego de domingo y una hoja nueva.

Hace un año mi mamá llegó a mi departamento con un frasco de mayonesa lleno de agua y dos tallos adentro. "Es un potos", dijo, "no se muere". Lo dijo con la seguridad con que dice que el atole no se enfría si le pones tapa. Lo puse en la ventana de mi cuarto porque era el único lugar con repisa, y ahí se quedó, detrás de las cortinas de búnker que describí cuando conté cómo duermo.
Todo mundo sabe que una planta necesita luz. Yo tengo un cuarto que a propósito no tiene luz entre las nueve de la mañana y las cuatro de la tarde, que es justo cuando estoy en él. Mi plan era un funeral discreto en enero.
La luz que sí hay
Pasó que el potos no se murió. A las cuatro y media abro las cortinas, apenas me levanto, y el sol de la tarde le pega de lado unas dos horas, hasta que baja detrás del edificio de enfrente. Eso le basta. Es la planta de una enfermera de noche: aguanta la oscuridad, se acomoda con lo poco y no se queja.
La riego los domingos, que es el día que me acuerdo porque es cuando llamo a mi mamá. Primero la llamada, luego el vaso de agua para la planta. Ella pregunta "¿ya le diste de beber a mi nieta?" y yo digo que sí, aunque la haya regado el sábado y esté a punto de ahogarla. No le he dicho que a veces se me olvida dos semanas. Tampoco le he dicho que la llamo Chela, por la enfermera que me enseñó a tomar agua aunque no tenga sed.
Una hoja nueva
Esta semana, con las tardes libres que me dejó la rodilla (ya saben), me puse a mirarla de verdad. Hace un año eran dos tallos de veinte centímetros. Ahora tiene un brazo que bajó hasta la mesita y otro que se enredó en el cable del cargador, y no pienso desenredarlo, que se agarre de lo que quiera.
El domingo, mientras mi mamá me contaba que ya le puso nombre al gato de la tienda de la esquina, vi que en la punta había una hoja enrollada, de un verde casi amarillo, apretada como un puño de bebé. El martes ya estaba abierta, brillante, más chica que las otras y más limpia. Le mandé una foto a mi mamá. Contestó en menos de un minuto, con la letra grande que ya aprendió a usar: "Ves, ni la luz necesita".
No es verdad, sí necesita la luz. Pero no le corregí nada.
Esta tarde abrí la cortina, se coló el último rayo naranja sobre la repisa y la hoja nueva se prendió como foco. Me quedé parada con el pelo hecho nido y una taza vacía en la mano, mirando una planta a las cinco de la tarde, mientras alguien en la calle gritaba "¡el gas!". Lo único que se me ocurrió fue decirle buenos días.


