sueño · turno de noche · casa
Dormir de día es un deporte de contacto
Seis años en el turno de noche, unas cortinas blackout pegadas con cinta de aislar y la guerra diaria contra el vecino, el gas y la culpa.

Salgo del hospital a las 7:40, justo cuando todo Querétaro va entrando a su vida. Los niños con uniforme, los señores con su termo, el tráfico de Bernardo Quintana pitando como si alguien tuviera la culpa. Yo voy en sentido contrario a todo: el cuerpo me pide desayuno y cama al mismo tiempo, y el sol me pega en la cara como reclamo.
Llevo seis años en el turno de noche y la gente sigue preguntándome si ya me acostumbré. La respuesta honesta es que no, que una no se acostumbra, que nada más se va armando un sistema. El mío tiene piezas muy específicas.
El búnker
Las cortinas blackout las compré en el segundo año, después de una semana en la que dormí un promedio de cuatro horas y lloré en el Oxxo porque no tenían el sabor de Electrolit que yo quería. Son de un gris feo, pesadas, y las tengo pegadas a la pared con cinta de aislar en las orillas porque la luz se metía por los lados como si tuviera prisa. Mi mamá vino a visitarme una vez, entró al cuarto a medio día y dijo: "ay, hija, esto parece cuarto de secuestro". No se equivoca. Pero es mi cuarto de secuestro y ahí duermo.
Los tapones son de espuma naranja y los compro en caja de cincuenta. Tengo tapones en la bolsa, en el coche, en el cajón del buró y, por algún motivo que no recuerdo, uno solito en el estuche de los lentes. Sin ellos escucho todo: al vecino que lava su coche los martes con reggaetón, al del gas con su cancioncita, al camión de la basura, a los perros de la cuadra que se organizan para ladrar por turnos, igual que nosotras en urgencias.
Lo que nadie te dice
Lo difícil no es quedarse dormida. Después de una noche pesada me puedo dormir sentada en la regadera. Lo difícil es todo lo que pasa alrededor mientras duermes, porque el mundo no sabe que tú estás en tu noche. El banco te llama a las once. El repartidor toca el timbre a la una aunque pusiste "dejar en la puerta". Tu tía manda un audio de seis minutos al grupo familiar sobre la boda de una prima que no conoces.
Puse el celular en "no molestar" con tres excepciones: mis hermanas, mi mamá y el hospital. Mis hermanas lo respetan a su manera. Andrea, la mayor, me manda mensajes a las dos de la tarde que empiezan con "no te despiertes pero". Lucía, la chiquita, ni siquiera eso.
Lo otro que nadie te dice es la culpa. Despertarte a las cuatro de la tarde, con la luz de afuera ya cansada, y sentir que te robaron el día. Que la gente normal ya comió, ya trabajó, ya hizo sus pendientes, y tú apenas estás poniendo agua para el café. Me tomó años entender que no me estoy perdiendo el día, que tengo uno distinto. Lo entiendo con la cabeza. El estómago todavía no se entera.
Mis reglas, por si a alguien le sirven
No veo el celular al llegar. Me baño aunque esté muerta, porque el olor del hospital se queda en el pelo y no quiero llevarlo a la almohada. Como algo chico, casi siempre pan tostado con aguacate y sal. Nada de café después de las cuatro de la mañana, regla que rompo seguido y que siempre pago. Y no hago la cuenta de cuántas horas me quedan para dormir, porque esa cuenta nunca da un número bonito.
Hay días buenos. Días en que caigo a las nueve y abro los ojos a las cuatro sin haber escuchado nada, con el cuarto oscuro y fresco y el ventilador haciendo su ruido parejo, y me siento persona nueva. Esos días me levanto, abro la cortina un poquito, veo el cielo naranja sobre los techos de la colonia y pienso que no está tan mal vivir al revés.
Y hay días en que el vecino decide que es buen momento para taladrar. Para esos también tengo sistema: me tapo la cabeza con la almohada, le digo groserías en voz baja a la pared y espero. Casi siempre se cansa él antes que yo. Casi.


