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Las tres en un chat
Leo el grupo de mis hermanas al revés, como todo. Un fin de semana libre, unas gorditas en Bernal y una canción de Maná que las tres odiamos.

El grupo se llama "Las Ortega", con un emoji de fuego que puso Lucía en 2019 y que nadie ha tenido el valor de quitar. Somos tres. Andrea tiene 37, dos hijos, un esposo que hace carne asada como si fuera su religión y un trabajo en una aseguradora del que nunca entiendo nada. Yo soy la de en medio. Lucía tiene 28, vive en Monterrey, trabaja en algo de marketing digital y cambia de opinión sobre su vida cada tres semanas.
El grupo lo leo al revés, como todo. Me despierto a las cuatro de la tarde y tengo ciento ochenta mensajes. Los leo desde arriba, con un ojo cerrado, como quien se pone al corriente con una telenovela. A las nueve, Andrea mandó una foto de su hijo chico disfrazado de jitomate para un festival. A las diez, Lucía: "JAJAJA ¿por qué jitomate?". A las once y media ya estaban peleando por el regalo de cumpleaños de mi mamá. A la una, alguien dijo algo que la otra tomó a mal. A las dos, silencio. A las tres y cuarto, un sticker de un gato llorando. Y yo llego a las cuatro, recién nacida, a un pleito que ya se resolvió sin mí.
El papel de la de en medio
Dicen que la hermana de en medio es la mediadora. En mi casa es cierto, pero no por virtud: es por horario. Como llego tarde a todo, llego cuando ya se enfriaron. Escribo "¿qué me perdí?" y las dos me cuentan su versión en privado, cada una convencida de que la otra exageró. Yo leo las dos versiones y en general las dos tienen razón y las dos están cansadas, que es lo que pasa casi siempre con la gente, en el hospital y fuera de él.
Andrea se siente sola con los niños y no lo dice. Lucía se siente lejos y tampoco lo dice. Lo que dicen es "ok" con punto, que en el idioma de mis hermanas es una declaración de guerra.
El día libre
El sábado pasado tuve mi primer fin de semana libre en mes y medio, y Lucía vino de Monterrey sin avisar, o avisando con una foto de su pase de abordar cuando ya estaba en la sala de espera. Andrea dejó a los niños con su esposo, que los recibió como quien recibe una misión. Y nos fuimos las tres a Bernal.
No subimos la peña. Lo platicamos mucho, dijimos que sí, que esta vez sí, y terminamos sentadas en una banca de la plaza comiendo gorditas de migajas y viendo a los turistas subir con sus bastones de excursión nuevecitos. Lucía hizo un comentario sobre la energía del lugar y Andrea le contestó que la única energía que ella sentía era la de la gordita. Me reí tanto que se me salió el refresco por la nariz, cosa que, como profesional de la salud, no recomiendo.
De regreso, en el coche, Lucía se quedó dormida atrás con la boca abierta, igualita que cuando era niña y nos íbamos a Guanajuato a ver a mi abuela. Andrea manejaba. Yo iba de copiloto con la ventana abierta y en algún momento Andrea me dijo, sin voltear: "te ves cansada, flaca". No era reproche. Es la forma en que mi hermana mayor dice que me quiere: diagnosticándome.
Le dije que sí, que estaba cansada. Que el hospital estaba pesado, que el medio maratón me tenía con la rodilla rara, que a veces sentía que vivía en otro país, en otro huso horario, donde las cosas pasan cuando nadie más las ve. Me dijo "pues aquí estamos" y subió el volumen de una canción de Maná que las tres odiamos y que las tres nos sabemos completa.
Al día siguiente
El domingo Lucía regresó a Monterrey. El lunes yo regresé a la guardia. El martes en la tarde me desperté y había doscientos doce mensajes en el grupo. Otra foto del jitomate, ahora con medalla de participación. Una discusión sobre si mi mamá necesita celular nuevo. Un audio de Lucía de cuatro minutos que todavía no escucho.
Escribí "¿qué me perdí?". Las dos contestaron al mismo tiempo.


