hospital · madrugada

Las cuatro de la mañana

Hay una hora en urgencias que no sale en las series. Una señora en la cama seis, un esposo panadero y una concha de vainilla en el estacionamiento.

Foto: artwork_rebel · CC BY 2.0

Hay una hora en urgencias que no sale en ninguna serie. No es la del caos, que es la que todo mundo se imagina, con las puertas abriéndose y alguien gritando números. Es la que viene después, cuando ya pasó lo que tenía que pasar y el hospital se queda en un silencio raro, como de casa después de una fiesta. Casi siempre cae entre las cuatro y las cinco.

A esa hora las lámparas del pasillo hacen un zumbido que de día nadie oye. La máquina de café del segundo piso, la que nada más acepta monedas de diez, suelta un ruido como de suspiro. Alguien en la central de enfermería llena hojas con la cabeza recargada en la mano. El guardia de la entrada ve videos de perritos con el volumen bajito; lo sé porque una vez me enseñó uno, un salchicha que no sabía bajar escaleras, y nos reímos los dos como si fuera lo más gracioso del mundo, porque a las cuatro de la mañana lo es.

La señora de la cama seis

La semana pasada, a esa hora, una señora me llamó desde la cama seis. Había llegado en la tarde, antes de mi turno, y estaba esperando que le asignaran cama en piso. Nada grave, o nada grave para los estándares de mi trabajo, que son estándares muy torcidos. Cuando llegué no necesitaba nada. Ni agua, ni que le acomodara la almohada. Me preguntó qué hora era.

Le dije que las cuatro y diez. Me contó que a esa hora se levantaba su esposo, cuando trabajaba en una panadería, hace muchos años. Que ella le calentaba el café y él se iba en bicicleta y regresaba a las once oliendo a pan. Que ya tenía nueve años de muerto y que ella todavía se despertaba a las cuatro, todos los días, sin despertador.

No supe qué decirle. A veces en este trabajo una sabe exactamente qué decir y otras veces la única opción decente es quedarse callada y no irse. Me senté en el banquito de metal que está junto a la cama, que es incomodísimo y que yo creo que está diseñado para que nadie se quede mucho tiempo. Me habló del pan, de las conchas que él hacía, de que las de vainilla siempre le salían mejor que las de chocolate y eso lo tuvo de malas toda la vida. Yo le conté que estaba entrenando para un medio maratón. Me preguntó para qué. Le dije que no sabía bien. Le pareció una respuesta perfectamente razonable.

Estuve ahí unos diez minutos. Luego sonó un timbre en otra cama y me tuve que ir. Cuando regresé, como media hora después, estaba dormida.

Lo que se queda

En la mañana la subieron a piso y ahí la perdí, como pierdo a casi todos. Esa es una de las cosas de urgencias que más me costó aceptar: que eres una estación de paso. La gente llega, la estabilizas, la mandas a otro lado y nunca sabes cómo termina la historia. Es como leer un libro al que le arrancan las últimas páginas, todas las noches, cientos de veces.

Pero a veces se te queda algo. No el diagnóstico ni el número de cama. Se te queda que un señor que hacía pan se levantaba a las cuatro, y que su esposa lo sigue esperando a esa hora, por costumbre o por cariño, que a lo mejor después de tanto tiempo son lo mismo.

Ese día salí a las siete y media, como siempre. Me paré en una panadería de la avenida, de esas de charola y pinzas, y compré una concha de vainilla. Me la comí en el coche, en el estacionamiento, con los vidrios empañados. Estaba un poco seca. No me importó.

Luego me fui a mi cuarto de secuestro y dormí siete horas seguidas, que para mí es como sacarme la lotería.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →