correr · medio maratón
Kilómetro catorce
Me inscribí a un medio maratón con una galleta María en la mano. Ahora corro en las tardes, al revés de todos los planes de entrenamiento.

El domingo corrí catorce kilómetros. Lo escribo así, solito, porque hace un año no podía subir las escaleras del estacionamiento del hospital sin sentir que se me salía un pulmón, y porque nadie en mi familia me lo festejó como yo quería. Andrea me mandó un pulgar. Lucía me preguntó si me venía persiguiendo alguien.
Me inscribí al medio maratón en un momento de debilidad, que es como tomo casi todas las decisiones importantes de mi vida. Fue en enero, a las cinco de la mañana, en el cuartito de descanso, mientras me comía unas galletas Marías que alguien había dejado abiertas. Una compañera, la Pao, había corrido uno el año pasado y nos enseñó la medalla en el celular. Yo dije "qué bonita" y para cuando terminé la galleta ya había pagado la inscripción. Veintiún kilómetros, en octubre. Ni siquiera sabía cuánto eran veintiún kilómetros en la vida real. Ahora sé: es de mi casa al centro y de regreso, más un poquito, más el poquito que duele.
Entrenar al revés
Todos los planes de entrenamiento que encontré en internet dan por hecho que duermes de noche. "Corre temprano, antes del trabajo." Mi antes del trabajo son las siete de la noche. Mi temprano es cuando todo mundo ya está cenando. Así que corro en las tardes, en el Querétaro 2000 o en la Alameda si me da flojera manejar, a la hora en que salen los señores con sus perros y las parejas que caminan muy despacio agarradas de la mano, estorbando con mucho amor.
Los días después de guardia no corro. Lo intenté una vez y a los tres kilómetros me senté en una banca y me quedé viendo un árbol como veinte minutos. No fue un descanso, fue un apagón. Mi cuerpo me estaba diciendo algo con muy poca diplomacia.
Lo que pasa en el kilómetro catorce
Hasta el diez voy bien. Llevo mi música, una lista que se llama "no te detengas" y que tiene puro pop vergonzoso de 2009. Del diez al doce empiezo a negociar. Me digo cosas como "nada más hasta el poste" y luego "nada más hasta la señora de los elotes". Y en el catorce, este domingo, me pasó algo raro: se me acabaron los argumentos. Ya no tenía con qué convencerme. Y seguí de todos modos, sin pensar en nada, con las piernas haciendo su trabajo como si fueran de otra persona.
Me acordé de las noches malas en urgencias. Esas en que no hay pausa, en que llega uno tras otro y en algún momento dejas de sentir el cansancio, no porque se haya ido sino porque ya no tiene caso sentirlo. Pensé que a lo mejor por eso me gusta esto. Que es el mismo músculo. Que llevo seis años entrenando para el kilómetro catorce sin saberlo.
O a lo mejor nada más estaba deshidratada. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Lo que falta
Faltan siete kilómetros y seis meses. Me compré unos tenis de verdad, en una tienda donde un muchacho me hizo caminar descalza sobre una alfombrita y me dijo que piso hacia adentro, con la cara de quien da un diagnóstico grave. Me duele la rodilla izquierda cuando bajo escaleras. Tengo una uña del pie que ya no es del color que debería, y no voy a dar más detalles porque esto no es un blog médico, aunque podría serlo.
Mi mamá dice que estoy loca, que ya trabajo mucho, que para qué me canso más. No le sé explicar que es otro tipo de cansancio. Que el del hospital me lo ponen encima y este me lo pongo yo. Que hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque las piernas duelan igual.
El domingo que viene tocan dieciséis. Ya le avisé a Lucía para que no se preocupe: nadie me persigue. Bueno, nada más yo.


