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El coche no quiso

Llegó el primer frío de octubre y mi coche amaneció sin batería en el estacionamiento del hospital. Unos cables prestados, un taller en Zaragoza y una silla de plástico.

Foto: FailedImitator · CC BY-SA 2.0

Hoy salí del hospital a las 7:42 y el estacionamiento estaba blanco. No de nieve, que esto es Querétaro, sino de esa escarcha delgadita que se pega a los parabrisas la primera mañana fría del año y que desaparece en cuanto la tocas. Toda la noche oímos en la central que venía el frente frío, el número quién sabe cuánto, y nadie le hizo caso porque adentro siempre hace el mismo clima: aire acondicionado y nervios.

Me subí al coche, que es un Chevy gris de 2011 que le compré a un primo del esposo de Andrea y que se llama "el Chevy" porque nunca le pusimos otro nombre. Metí la llave, la giré, y el coche hizo un ruido que no le conocía: un tac tac tac chiquito, como una persona que intenta hablar con la boca llena. Luego nada. Las luces del tablero se prendieron con muy pocas ganas y se apagaron.

Lo intenté cuatro veces más, que es lo que hace todo el mundo aunque sepa que no sirve. A la quinta recargué la frente en el volante y me quedé así un rato, con el vaho saliéndome de la boca, pensando en mi cama.

Don Memo y los cables

Don Memo es el guardia de la entrada de urgencias, el de los videos de perritos. Lleva más años que yo en el hospital y tiene un bigote que parece de otra época y un termo verde del que no se separa. Cuando me vio caminar de regreso hacia la caseta, con la bolsa colgando y la rodilla todavía rara, ya sabía. "¿La batería, Ortega?" Le dije que sí. Me dijo que con este frío siempre se mueren dos o tres, que ya llevaba una en la mañana, un Tsuru del laboratorio.

No tenía cables. Pero conocía a alguien que sí: Ramiro, uno de los camilleros del turno de día, que iba llegando con su mochila y un tamal en la mano. Ramiro trae en la cajuela de su camioneta un kit completo de emergencias de carretera, cables, gato, triángulos, una lámpara, una cobija y un rosario. Me explicó, mientras conectaba las pinzas, que su papá era trailero y que a él lo educaron así, "preparado para lo peor y con fe para lo demás".

A la segunda, el Chevy prendió. Ramiro dijo "ándale" y se fue con su tamal. Don Memo levantó el termo desde la caseta como quien brinda.

El taller de la avenida Zaragoza

El taller lo eligió el celular. El primero que salió abierto a las ocho de la mañana: "Baterías y Eléctrico El Güero", en Zaragoza, entre una tortillería y una tienda de uniformes escolares. Tiene una cortina metálica con un dibujo de un rayo, unas llantas apiladas en la banqueta que hacen de banca y una silla de plástico roja, una sola, que el Güero me ofreció en cuanto me vio la cara.

El Güero no es güero. Es un señor moreno, flaquito, con una gorra de los Gallos y las manos negras hasta las muñecas. Abrió el cofre, le puso a la batería un aparatito con dos agujas y dijo "no, pues ya". Me enseñó el número. No entendí el número. Le creí de todos modos, que es lo que me gustaría que hicieran los pacientes conmigo.

Tenía que ir por una a otra sucursal. Media hora, me dijo. Me senté en la silla roja.

Media hora en la banqueta

Lo que pasa a las ocho y media de la mañana en la avenida Zaragoza, en un viernes de frío, es esto: las señoras de la tortillería sacando los primeros kilos envueltos en papel de estraza. Un niño con suéter de uniforme llorando porque no quería ir y su mamá jalándolo de la mano sin detenerse ni discutir. El sol empezando a pegar en el lado de la calle donde no estaba yo.

Yo llevaba el uniforme abajo de la chamarra y el olor del hospital en el pelo. Tenía hambre y sueño al mismo tiempo, que es mi estado natural a esa hora, y además tenía frío, que no lo es. Compré un cuarto de tortillas nada más para tener algo caliente en las manos. Me comí dos, solas, enrolladas, y me supieron como a desayuno de verdad.

En algún momento me dormí. Sentada, con la bolsa de las tortillas en las piernas y la cabeza recargada en la cortina metálica, que vibraba cada vez que pasaba un camión. No sé cuánto tiempo. Me despertó el Güero dejando la batería nueva en el piso, con cuidado, como si fuera un garrafón de agua.

—Ya llegó su paciente —me dijo. Yo traía el uniforme puesto, no fue difícil adivinar.

La cuenta

Me costó más de lo que tenía pensado gastar este mes y menos de lo que me temía en la silla.

Le escribí al grupo de "Las Ortega" para contarles. Andrea me contestó en un minuto: "¿la cambiaste tú o te la cambiaron?". Le dije que me la cambiaron. "Ah, bueno." Lucía mandó un audio de cuarenta segundos que escuché completo, en el coche, con el motor prendido, porque ya no me atrevía a apagarlo aunque el Güero me juró que ya se podía.

Llegué a mi casa a las diez y diez, dos horas y media después de lo normal. Me bañé, me puse los tapones, cerré la cortina y me acosté con las manos todavía oliendo a tortilla y un poquito a fierro.

A las cuatro y media me desperté, bajé al estacionamiento en pants y le di vuelta a la llave nada más para oírlo. Prendió a la primera, con un ruido grave y parejo, como alguien que se aclara la garganta. Lo apagué. Lo volví a prender.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →