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El altar de mi abuelo

Mi mamá armó la ofrenda en la sala desde el 20 de octubre. Un vaso de mezcal, una foto torcida y una discusión sobre si el abuelo Tomás comía tamales o no.

Foto: San José Public Library · CC BY-SA 2.0

Mi mamá empezó el altar el 20 de octubre, doce días antes de que haga falta, porque según ella "las cosas buenas se hacen con calma". Lo supe por una foto que mandó al grupo: la mesita de la sala cubierta con un mantel blanco, tres cajas de zapatos como escalones y, en el último, el retrato del abuelo Tomás con el marco chueco. Andrea contestó con un corazón. Lucía con un "ay, qué bonito, no puedo ir". Yo, que acababa de despertar, con "¿ya pusieron el agua?", que es lo único que se me ocurrió y que resultó ser la pregunta correcta.

Fui a su casa esta tarde, con la rodilla todavía en huelga y bolsas del mercado. Mi mamá estaba de rodillas en el piso, medio metida debajo de la mesa, buscando el cable de las veladoras eléctricas que compró porque "las de cera me dan miedo con el gato". Le dije que el gato lleva muerto desde 2021. Me dijo que el miedo no se muere.

Lo que le gustaba comer

La discusión empezó con los tamales. Mi mamá juraba que el abuelo Tomás era de tamales de rajas, de los que vendían en la esquina de la iglesia. Yo me acordaba de otra cosa: un plato hondo de arroz con leche a las seis de la tarde, con canela de más y las pasas apartadas en la orilla como si fueran piedritas. Nos quedamos las dos paradas en la sala, con el celofán del pan de muerto en la mano, intentando recordar a un hombre que murió cuando yo tenía catorce años y que, ahora lo veo, casi no hablaba de lo que quería.

Al final pusimos las dos cosas. Los tamales en un plato, el arroz con leche en un vaso de plástico porque no encontramos el tazón, y junto a todo un caballito de mezcal que mi mamá sirvió con mucho cuidado y que luego se tomó a escondidas "para que no se evapore", dijo, con una cara de dignidad que nadie le cree.

La foto torcida

El marco chueco no es un descuido. Mi mamá me lo explicó mientras acomodaba las flores: desde que murió mi abuela Rosario, esa foto no se endereza porque "así lo puso él la última vez que la tocó". Ella está convencida de que si lo arreglamos, deja de venir. Yo, que paso las noches entre personas que se aferran a detalles más pequeños que ese, no dije nada y le alcancé las flores.

Hizo falta el celular nuevo para cerrar el día. Mi mamá quería mandar una foto del altar a Lucía y todavía no sabe cuál botón es la cámara y cuál es la linterna, así que le salieron cuatro fotos del techo y una del dedo. La quinta salió. Se ve la mesa, las cajas, el pan, la luz amarilla de las veladoras falsas, y en una esquina, borrosa, mi mano acomodando un tamal.

Antes de irme encendí las veladoras. Se prendieron todas a la vez, con un clic, y la sala se puso del color de las cuatro de la mañana en urgencias, cuando ya todo pasó. Mi mamá apagó el foco del techo. Nos quedamos un rato calladas, mirando el retrato torcido, hasta que ella dijo, muy bajito: "Los tamales eran de rajas, ¿verdad?". Le dije que sí.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →