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Seis años en un casillero
Van a remodelar los vestidores del hospital y me tocó vaciar el casillero 23. Una barrita de 2023, una nota de Doña Chela y todo lo que guardé sin darme cuenta.

El lunes apareció una hoja pegada con diurex en la puerta del vestidor de enfermería: "Se informa al personal que a partir del 20 de octubre se remodelarán los vestidores. Favor de desocupar casilleros. Lo que no se retire será desechado". Abajo, alguien había escrito con pluma azul: "¿por fin?". Y abajo de eso, con otra letra: "no se emocionen, nada más es pintura".
Mi casillero es el 23. Es de lámina color beige, tiene una abolladura a la altura de la rodilla que ya estaba cuando llegué y un candado de combinación que me sé con los dedos pero no con la cabeza; si me preguntan los números no me los sé, pero si me ponen enfrente del candado lo abro con los ojos cerrados. Lo uso desde hace seis años. Nunca lo había vaciado. Una cosa es abrirlo todas las noches y otra muy distinta es ver lo que hay hasta el fondo.
Arqueología a las tres de la mañana
Lo hice anoche, en el rato muerto que a veces cae entre las tres y las cuatro, con una bolsa de súper en una mano y la lámpara del celular en la otra, porque el foco del vestidor parpadea desde que tengo memoria.
Primera capa, lo de todos los días: un uniforme de repuesto, unos zuecos viejos para los días de lluvia, un desodorante, la caja de tapones de espuma número no sé cuántos, un cepillo de dientes en su estuche y una liga para el chongo enredada en otra liga para el chongo, que a su vez tenía otras tres ligas. Ese nudo lo tiré entero.
Segunda capa, lo que ya se me había olvidado que existía: una barrita de granola con fecha de caducidad de marzo de 2023, que no me atreví a abrir. Un paraguas de los que se voltean con el primer aire. Cuatro plumas que no pintan y una que sí, que guardé en el bolsillo como si me hubiera encontrado dinero. Un suéter café que no es mío y que nadie ha reclamado en dos años. Un frasco de crema de manos de olor a coco que me regaló Lucía cuando se fue a Monterrey y que nunca usé porque me daba lástima gastarla. Ya se había separado en dos líquidos de colores distintos. Ahí sí me reí sola, en el vestidor, a las tres de la mañana, como loca.
La puerta por dentro
Lo último fue la puerta. Por dentro estaba tapizada de cosas pegadas con cinta, una encima de otra, como esas paredes de los puestos del mercado donde nadie quita los anuncios viejos, nada más los tapan. Las fui despegando de afuera hacia adentro.
Hasta arriba estaba el número de la medalla del domingo pasado, el dorsal, que la Pao me pegó ahí el lunes sin preguntarme. Debajo, el rol de guardias de enero, con mi nombre subrayado en las noches de los fines de semana. Debajo, una foto de las tres hermanas en una boda de 2021, Andrea con el pelo planchado y yo con los ojos cerrados, que es como salgo en el ochenta por ciento de las fotos. Debajo, una estampita de la Virgen que me dio una señora en mi primer año y que nunca me animé a quitar, porque una no le quita la estampita a nadie.
Y hasta el fondo, pegada directo a la lámina, con la cinta ya amarilla y tiesa, una nota en una hoja de recetario. La letra era de Doña Chela, la enfermera que me tocó de compañera cuando entré al turno de noche y que se jubiló hace cuatro años. Decía: "Audrey: tómate el agua aunque no tengas sed. Siéntate cuando puedas aunque no estés cansada. Y no te lleves a nadie a tu casa. Ch."
No me acordaba de esa nota. Me acordaba de Doña Chela, claro, de su suéter de botones, de que le decía "mija" a todo el mundo, médicos incluidos, y de que traía siempre un tupper con jícama con chile que repartía a las cinco de la mañana. Pero la nota no. La pegué ahí mi primera semana, supongo, y luego le fui poniendo cosas encima, y la nota se quedó trabajando sola, por debajo, seis años.
Lo que una se lleva
Lo de "no te lleves a nadie a tu casa" lo entendí hasta mucho después. No hablaba de los pacientes en sí, hablaba de las historias. De no subirte al coche a las siete y media con la noche entera encima. Lo he cumplido más o menos. Algunas noches sí me las llevo, como la de la señora de la cama seis, y no me arrepiento. Pero entendí la idea: que el casillero es para dejar cosas, no nada más para guardarlas.
A las cuatro sonó un timbre y tuve que cerrar todo a medias. En la mañana terminé de vaciarlo con el uniforme ya cambiado y la bolsa de súper llena. Le dejé el candado abierto, colgado de la argolla, como dice la hoja que hay que dejarlo.
En casa saqué todo sobre la mesa de la cocina. Tiré la barrita. Tiré la crema de coco, por fin. Guardé la foto de la boda en un cajón. La estampita la puse en el espejo del baño. Y la nota de Doña Chela la pegué en la puerta del refri, abajo de la medalla, con el mismo imán de la pizzería, porque es el único que aguanta.
Ahora cuando abro el refri hacen ruido las dos: la medalla dice "clinc" y la nota hace un ruidito de papel viejo. Hoy me desperté a las cuatro de la tarde, abrí el refri y me tomé un vaso de agua aunque no tenía sed.


