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La medalla está en el refri

El domingo corrí mis primeros veintiún kilómetros. Un audio de Lucía a las cinco de la mañana, una rodilla con opiniones y tres hermanas en la meta.

Foto: Brian Smithson (Old Geordie) · CC BY 2.0

La medalla está colgada del imán de la pizzería, en la puerta del refri, encima de la lista del súper. Es grande, más grande de lo que esperaba, con un listón azul y un acueducto en relieve que de lejos parece un peine. Cada vez que abro el refri hace "clinc" contra la puerta. Llevo dos días abriéndolo de más.

El domingo corrí los veintiún kilómetros. Los que pagué en enero con una galleta María en la mano, los que llevo diez meses contando en voz alta como si fueran deuda. Ya no los debo.

Las cinco de la mañana, del otro lado

Para poder correr pedí cambio de guardia con la Pao, que me cobró el favor con una sola condición: que le mandara foto con la medalla. Así que el sábado no trabajé, y el sábado en la noche me pasó lo más raro de todo el entrenamiento: me acosté a las diez, como la gente. Estuve viendo el techo hasta la una. Mi cuerpo no entendía qué hacía en la cama a esa hora, en lo oscuro, sin olor a cloro.

A las cinco ya estaba despierta, que para mí es la hora en que ando checando signos vitales y no la hora de ponerme calcetines. Me hice pan tostado con aguacate y sal, como siempre, nada más que esta vez fue desayuno de verdad y no cena disfrazada. Y en el coche, esperando que se calentara, por fin escuché el audio de Lucía. El de cuatro minutos. El que tenía pendiente desde junio.

No era nada grave. Era Lucía caminando por una calle de Monterrey, con el viento pegándole al micrófono, contándome que había renunciado a su trabajo y que no le había dicho a nadie más, que quería que yo fuera la primera porque yo no iba a opinar rápido. Que ya tenía otra cosa. Que estaba bien. Que le diera "like" al audio para saber que lo había oído. Hace cuatro meses.

Le escribí a las 5:20 de la mañana: "ya lo oí, perdón, te quiero, voy a correr". Me contestó en dos minutos, que en Lucía es un récord: "¿¿estás despierta a esta hora??". Le dije que sí, que del otro lado. Me mandó un sticker de un gato con banda en la cabeza.

Del kilómetro uno al dieciocho

La salida fue en el centro, con mucha gente brincando en su lugar y un señor con altavoz gritando cosas motivacionales que nadie oía. Hacía frío, ese frío de octubre en Querétaro que en la tarde ya no existe. Yo me puse atrás, con los lentos, que es mi gente.

Del uno al diez fui bien, con mi lista de pop de 2009, que a las siete de la mañana suena todavía más vergonzosa. Pasamos por debajo de los Arcos y por un momento me sentí turista en mi propia ciudad. En el catorce me acordé de aquel domingo de abril y me dio risa, porque ahora el catorce ya no era el final de nada, era nada más un número con un puesto de agua.

En el dieciocho la rodilla izquierda dijo lo suyo. No me dolió de golpe, fue más como alguien que empieza a carraspear en una junta. Bajé el paso. Una señora de unos sesenta me rebasó con una playera que decía "mi nieto me inscribió" y yo pensé que eso sí era motivación.

La meta

Yo había dicho que no viniera nadie. Que era a las siete, que era domingo, que qué flojera. Andrea, naturalmente, no me hizo caso. Estaba en la valla del último tramo con los dos niños y un cartel de cartulina que decía "CORRE FLACA" con plumón verde, y el chico, el del disfraz de jitomate, gritando mi nombre completo como si me estuviera regañando. Su esposo grababa en horizontal, que es lo más amoroso que le he visto hacer.

Y Lucía estaba en videollamada en el celular de Andrea, con la pantalla volteada hacia la calle, despeinada, en pijama, en Monterrey. Así que llegué con las tres. Bueno, con dos y media.

Hice dos horas con cuarenta y un minutos. No sé si es bueno. Sé que en la meta una muchacha de voluntaria me puso la medalla y me dijo "felicidades" con una voz tan cansada como la mía, y que le dije "gracias, igualmente" por reflejo, como si fuéramos compañeras de turno, y nos reímos las dos.

Le mandé la foto a la Pao. Me contestó con un audio desde la central de enfermería, a esa hora en que ya está entregando guardia: se oía la máquina de café del segundo piso suspirando atrás.

Esa tarde dormí como piedra en mi cuarto de secuestro, con las piernas en alto sobre dos almohadas. El lunes regresé al hospital y bajé las escaleras del estacionamiento de lado, como cangrejo. Nadie preguntó. Todos sabían.

Hoy abrí el refri para sacar la leche y la medalla hizo "clinc". Cerré. Lo volví a abrir.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →