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Noche libre
Me tocó descansar el lunes y mi cuerpo no se enteró. Una cocina limpia a la una, el tren de las tres, la azotea del edificio y los primeros bolillos.

Anoche no me tocaba. En el rol de octubre el lunes 20 aparece en blanco, sin mi nombre, y lo estuve viendo toda la semana pasada como quien ve un día festivo en el calendario de la escuela. Una noche entera para mí. Iba a dormir como la gente, de once a siete, y a despertarme con el sol del lado correcto de la ventana.
Me acosté a las once en punto. Apagué todo, me puse los tapones por costumbre, me acomodé del lado de la pared. A las once y veinte tenía los ojos abiertos. A las doce estaba contando las rayitas de luz que se meten por la orilla de la cortina blackout, la que pegué con cinta de aislar y que nunca ha cerrado bien. A las doce y media me rendí. Mi cuerpo lleva seis años creyendo que a esa hora estoy tomando signos vitales en el cubículo cuatro, y no iba a cambiar de opinión porque una hoja de Excel dijera otra cosa.
La cocina a la una
Si hubiera podido correr, habría salido a correr, a lo mejor no a la una de la mañana pero algo habría inventado. Pero la rodilla sigue castigada y el doctor Ruelas tiene espías en todas partes, empezando por la Pao. Así que me puse a limpiar.
No sé por qué la una de la mañana es tan buena hora para limpiar. Saqué todo de la alacena y encontré tres bolsas de arroz abiertas, una lata de chiles que ya se había inflado poquito y un frasco de canela en raja que era de mi mamá, con su letra en la etiqueta: "canela buena". No sé cuándo me lo dio. Lo dejé al frente, donde se vea.
Tallé la estufa con un cepillo de dientes viejo. Lavé el filtro de la campana, que nunca había lavado y que salió de un color que no voy a describir. A las dos ya tenía la cocina más limpia que el día que me cambié, y la nota de Doña Chela en el refri me veía como diciendo "¿y ahora?". Me tomé un vaso de agua, por si acaso.
El tren de las tres
A las tres menos diez pasó el tren. Por mi colonia no pasa, pasa lejos, del otro lado de Bernardo Quintana, pero a esa hora la ciudad está tan callada que se oye el silbato como si estuviera en la esquina: dos largos, uno corto, y luego un ruido grave que dura y dura, como si alguien arrastrara un mueble muy pesado por todo Querétaro.
En el hospital nunca lo oigo. Seis años despierta a esta hora y nunca había oído el tren. Me dio una cosa rara, como cuando te enteras de que tu vecina de toda la vida tiene un hermano gemelo.
Agarré la cobija del sillón, me hice un café, que ya a esas alturas qué más daba, y subí a la azotea.
La azotea
Mi edificio tiene cuatro pisos y una azotea con seis tinacos negros, un tendedero de alambre y una silla de plástico rota que nadie ha bajado nunca. La del 302 había dejado tendidas unas sábanas de florecitas, y con el aire se inflaban y se desinflaban despacio, como si respiraran. Me senté en la orilla del cuartito de servicio con la cobija en los hombros y la pierna estirada, que así me dijo el doctor.
Desde ahí se ve el Cimatario, que de noche es nada más una mancha más negra que el cielo, y abajo todas las lucecitas de la ciudad, amarillas y blancas, y una roja que prende y apaga en una antena. Se oían perros lejos, contestándose. Una moto. Un señor que iba silbando por la calle con las manos en las bolsas, de regreso de algún lugar, o de ida.
A las tres y media me escribió la Pao desde la central: "¿por qué estás en línea si hoy no te toca?". Le mandé una foto de las sábanas de la del 302. Me contestó: "estás mal". Y luego: "aquí está tranquilo, no extrañas nada". Sí extrañaba. Un poquito. Eso no se lo dije.
Lo que más me impresionó fue que todo eso, el tren, los perros, el señor que silba, la antena, pasa todas las noches sin mí. Yo siempre pensé que la noche era mía, que la conocía mejor que nadie. Resulta que nada más conozco la de adentro, la de luz blanca. La de afuera tiene su propia vida y no me había invitado.
Los primeros bolillos
A las cinco y cuarto se prendió una luz en la esquina. Es la panadería de la señora Toñita, la que tiene la cortina metálica pintada de azul y un letrero que dice "Pan caliente" desde antes de que yo naciera. Siempre paso enfrente a las ocho de la mañana, de regreso del hospital, cuando ya hay fila y ya no hay bolillos. No sabía que empezaba tan temprano.
Bajé en pants, con la cobija todavía, y toqué la cortina a medio subir. Me abrió un muchacho con harina hasta las cejas. Me dijo que todavía no estaba nada. Me quedé ahí parada, viendo cómo metían las charolas al horno, y a los diez minutos me vendió seis bolillos tan calientes que tuve que cambiar la bolsa de mano cada media cuadra.
Me comí uno subiendo la escalera, sin nada, partiéndolo con los dedos. El vapor salió como de una taza.
A las seis y media empezó a clarear y pasó el primer camión. Me metí a la cama con los tapones puestos, la cortina mal cerrada y la panza llena, justo cuando todo Querétaro se estaba levantando. Me dormí en cinco minutos. Como siempre. Como si no hubiera pasado nada.


