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Dos semanas sin correr

La rodilla me mandó a la banca después del medio maratón. Ahora tengo tres horas libres cada tarde, un mercado lleno de cempasúchil y ningún plan.

Foto: MayraFalcon · CC BY-SA 3.0

El doctor Ruelas, de traumatología, me revisó la rodilla el jueves en el pasillo, entre una fractura de muñeca y un señor que se había caído de una escalera pintando su casa. No me citó en consultorio porque eso implicaría papeles y los dos sabíamos que yo no iba a llenar ningún papel. Me dobló la pierna, me la estiró, me apretó un punto debajo de la rótula que me hizo decir una grosería, y dijo: "dos semanas sin correr, Ortega. Hielo, nada de escaleras de cangrejo y nada de héroes".

Le pregunté si caminar contaba como correr. Me vio por encima de los lentes. Entendí que no.

Las cinco de la tarde, sin nada

Lo que no calculé es lo que iba a hacer con las tardes. Desde enero, mi día tenía una forma muy clara: me despertaba a las cuatro, café, tenis, una hora en el Querétaro 2000 o en la Alameda, bañarme, cenar algo que en realidad es desayuno, hospital. Diez meses así. El entrenamiento no nada más me llenaba las piernas, me llenaba ese hueco entre despertar y trabajar, que es el único rato del día en que el mundo y yo estamos despiertos al mismo tiempo.

El viernes me desperté a las cuatro y diez, me puse los tenis por costumbre y me quedé sentada en la orilla de la cama con un pie amarrado y el otro no. No sabía para qué me los estaba poniendo. Me los quité. Lavé dos tazas. Vi un capítulo de algo sin ponerle atención. A las seis ya estaba aburrida de una manera que no sentía desde la secundaria, ese aburrimiento de domingo en la tarde con la tarea sin hacer.

Le escribí a Andrea: "¿qué hace la gente normal a las cinco de la tarde?". Me contestó en un minuto: "tareas con niños que lloran". Y luego: "no te lo recomiendo".

El mercado de La Cruz

El sábado me fui al mercado de La Cruz. No necesitaba nada, que es la mejor razón para ir a un mercado. Fui caminando despacito, que el doctor Ruelas no me prohibió caminar, nada más me vio feo, y me tardé el doble de lo normal porque me paraba en todo.

Ya está el cempasúchil. No me había dado cuenta de que estábamos tan cerca de noviembre. En la entrada había montañas de flores naranjas amarradas en manojos, y el olor, que es un olor raro, medio amargo, como a tierra mojada con algo de pimienta, se me metió hasta la garganta. Una señora con delantal de cuadritos estaba sentada en una cubeta volteada desbaratando manojos y armándolos otra vez, más bonitos. Le pregunté a cómo. Me dijo un precio y luego dijo otro, más barato, sin que yo dijera nada. Creo que fue la cara de recién levantada.

Compré dos manojos sin saber para qué. Luego compré un pan de muerto en el puesto de al lado, el primero de la temporada, todavía tibio, con el azúcar pegándose en la bolsa de papel. Me lo comí sentada en una banca de afuera, con las flores en las piernas, viendo a la gente pasar con sus bolsas de mandado. Nadie tenía prisa. Era sábado, eran las seis de la tarde, había un señor vendiendo globos que nadie compraba y un perro dormido abajo del puesto de los jugos. Pensé que esto existía todos los días y que yo, por andar contando kilómetros, me lo había perdido diez meses.

Para quién eran las flores

Los manojos se los llevé a mi mamá el domingo, porque en mi depa no hay dónde poner una ofrenda y en su casa de Cimatario siempre ha habido un lugar: la mesita de la sala, la que el resto del año tiene el carpetita tejida y el teléfono fijo que ya nadie usa. Ella los recibió como si se los hubiera prometido. "Ay, qué bueno, ya iba a ir yo." No iba a ir. Me lo dijo para que no me sintiera rara de haber comprado flores sin motivo.

Sacó de un cajón la foto de mi abuela, la de Guanajuato, la que nos daba atole de pinole cuando íbamos de niñas, y la puso en la mesita, recargada en el teléfono. Faltan dos semanas para el Día de Muertos y ya está ahí. Le dije que estaba temprano. Me dijo que a su mamá siempre le gustó llegar antes a todos lados, que mejor que la encuentre lista.

Nos sentamos en la sala con un café de olla, ella con su celular nuevo y la película protectora todavía puesta, yo con la pierna arriba en un banquito como me dijo el doctor. Me enseñó cuarenta fotos de flores con frases que le mandan sus comadres. Yo le enseñé la foto del puesto de cempasúchil que tomé en el mercado. Le gustó más la mía, dijo, porque "esas sí son flores de verdad".

Me fui a las siete al hospital. En el semáforo de Constituyentes encontré un pétalo naranja pegado al volante. Lo dejé ahí. Me quedan once días.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →