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Los tamales de las siete
Afuera del hospital, a las siete de la mañana, una señora vende tamales y atole desde hace once años. Yo llevo seis comprándole sin saber cómo se llama.

Hay una señora que vende tamales en la esquina del hospital, junto al poste que siempre tiene un cartel de "se busca" distinto. Llega a las seis y media con una hielera, una olla grande envuelta en cobijas y un banquito de plástico azul. A las siete y cuarto, que es cuando salimos de la entrega de guardia, ya tiene fila. Es una fila de batas arrugadas, ojeras y gente que no quiere hablar.
Llevo seis años comprándole y no sé cómo se llama. Ella a mí me dice "mi reina de la noche", que no es mi nombre pero se aproxima.
El pedido
Siempre es el mismo: un tamal de rajas con queso, uno de dulce si hay, y un champurrado en vaso de unicel con la tapa que nunca ajusta. Doce pesos el tamal, veinticinco el atole. Hace dos años subió el tamal a quince y pidió perdón, de verdad, con las dos manos en el pecho. Yo le dije que no se preocupara y ella me regaló una servilleta extra, como si eso compensara la inflación.
Hay un orden no escrito. Primero los de urgencias, luego los de laboratorio, luego los de intendencia, que ya llevan rato esperando y no se quejan. Los doctores llegan al final, siempre con prisa, y ella los hace esperar un poco más a propósito. Eso me encanta de ella.
Una vez, después de una noche difícil, de esas que no cuento, me quedé parada frente a la olla sin decir nada. Ella me puso el tamal en la mano, me cerró los dedos encima y dijo: "ándele, que caliente". Nada más. No preguntó. Me acuerdo de esa frase más que de muchas cosas que me dijeron con mejores intenciones.
El banquito azul
Ayer, domingo, hice algo que nunca hago: llegué antes. Cambié turno con la Pao y entré a las nueve de la noche en vez de a las siete, pero antes pasé a las seis de la tarde, recién despierta, con la cara marcada por la almohada. Quería saber si la señora seguía ahí a esa hora.
No estaba. Estaba su banquito azul encadenado al poste con un candado de bicicleta, solo, como un perro esperando a su dueña. Me dio una cosa muy rara verlo así. Me di cuenta de que todos estos años la había visto únicamente en mi madrugada, como si existiera solo cuando yo salgo. Que tiene otro día, otra casa, otra gente a la que le dice "mi reina" con el mismo tono.
Esta mañana, cuando salí, le pregunté: "¿a qué hora se levanta usted, señora?". Se rio. A las tres y media, dijo, porque los tamales los envuelve ella, uno por uno, con la hoja que le llega de Amealco los martes y los viernes. Once años. Antes vendía afuera de una fábrica que cerró.
Me comí el tamal de rajas en el coche, con el motor apagado, mirando cómo se vaciaba la fila. Tenía el vaso de champurrado entre las dos manos, tibio, y los dedos todavía olían a hoja de maíz. Una hora después, ya en mi cuarto con las cortinas cerradas, seguía oliendo a eso, y me dormí así.


