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El audio de cuatro minutos
Llevaba semanas sin escuchar el audio de cuatro minutos que me mandó mi hermana Lucía. Hoy, camino al súper, por fin le di play.

El audio de Lucía lleva en mi teléfono desde hace once días. Cuatro minutos y siete segundos, con una fotito de ella con lentes de sol que ya ni se parece a ella. Cada vez que abro el chat lo veo ahí, con su triangulito, esperando como un paciente que sabe que no es el más grave.
No es que no la quiera oír. Es que Lucía manda audios como otras personas escriben cartas: empieza con "no, pero te cuento rápido" y a los dos minutos ya va por la mudanza, el jefe nuevo y algo que dijo mi mamá en diciembre de 2019. Yo tendría que sentarme, y mis horas de sentarme son tres y se las debo al sueño.
Lo que pasa cuando uno aplaza
Primero aplazas por falta de tiempo. Luego porque ya pasó tanto tiempo que el audio se volvió algo más grande. A los cinco días le contesté con un "¡jajaja luego te cuento!" que no contestaba nada. Ella puso un corazón. Lucía siempre pone el corazón; es su manera de decir "te vi y no voy a hacer drama", que es peor que el drama.
Andrea, que se entera de todo, me escribió aparte: "¿Ya oíste a la Lucía?". Le dije que sí. No era mentira del todo, había oído el primer segundo, ese en que ella respira antes de hablar.
El súper de las cinco
Hoy salí a mi súper de las cinco de la tarde, con la cara todavía marcada por la almohada y los audífonos puestos. Íbamos por la calle del taller de bicicletas cuando, sin pensarlo, toqué el triangulito.
Lo primero que se oyó fue el ruido de fondo: una licuadora, una puerta, alguien que le gritaba algo a un perro. Luego Lucía, muy cerca del micrófono, riéndose de sí misma. Me detuve frente a las naranjas de la esquina y el señor me preguntó si iba a llevar. Le dije que un momento.
No era nada grave. Eso fue lo primero que me quitó un peso. Me contaba que se había cortado el pelo ella sola y le quedó dispareja, que su vecina le prestó una olla enorme para hacer pozole y que, de repente, había echado de menos nuestro cuarto de la infancia, el de las tres camas con los pies pegados a la pared. Dijo: "No sé por qué te cuento esto a ti y no a la Andrea. Creo que tú no me interrumpes". Se quedó callada tres segundos, y sentí cómo se le acomodaba la voz.
La verdad es que sí la interrumpo, pero con el pensamiento, y ella no lo sabe. Esta vez no pude, porque iba grabada.
Respuesta
Le contesté desde la banqueta, con las bolsas de naranja colgando de un dedo. No un texto: un audio. Me salió de once segundos, que en mi familia equivale a un telegrama. Dije "Ya te oí, te quiero, tu pelo seguro está bien, mándame foto". Lo borré dos veces antes de mandarlo, porque sonaba a enfermera dando instrucciones.
A los cuarenta segundos llegó la foto: media cabeza de lado, con un mechón que sí iba más corto que el otro, y ella sacando la lengua. Y abajo, sin letras, un corazón.
Llegué a la casa con las naranjas, me senté en el piso de la cocina sin quitarme los tenis y volví a ponerlo desde el principio, esta vez con la licuadora de fondo y todo.


