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El vecino del taladro tiene nombre
Seis años odiando un taladro que me despierta a mediodía. Con las tardes libres por fin toqué su puerta y encontré a un señor que hace baleros.

El martes, a la una y cuarto de la tarde, el taladro empezó otra vez. Primero un zumbido corto, como de prueba, y luego el bueno: largo, agudo, entrando por la pared de mi cuarto hasta la almohada, hasta los tapones, hasta un lugar detrás de los ojos donde según yo no llega nada. Seis años. Lo he mencionado aquí más de una vez, cuando conté cómo duermo, siempre como se menciona el clima: algo que pasa y contra lo que no se puede hacer nada más que decir groserías en voz baja.
Esta vez no dije groserías. Me quedé acostada con los ojos abiertos, contando. Cuatro taladrazos, una pausa, cuatro taladrazos. Tenía ritmo. Nunca le había puesto atención al ritmo porque una no le pone atención a lo que odia.
Lo que hacen las tardes libres
Si estuviera corriendo, a las cuatro y media me habría puesto los tenis y se me habría olvidado todo. Pero me faltan dos días de castigo y las tardes siguen siendo largas y raras, así que me levanté, me hice el café, regué a la Chela aunque no era domingo y me quedé parada en la sala viendo la pared que da al departamento de al lado, el 204, como si la pared me debiera algo.
No sé quién vive en el 204. Eso es lo más vergonzoso de esta historia. He vivido seis años a un muro de distancia de alguien y lo único que sé de esa persona es que tiene un taladro y que le gusta usarlo a la hora en que yo estoy en lo más hondo del sueño. En mi cabeza era un muchacho de unos treinta, de esos que compran muebles para armar y no leen el instructivo. Le había inventado hasta la cara.
A las cinco y diez toqué. Iba en pants, con el chongo deshecho, y llevaba preparada una frase muy educada que empezaba con "disculpe, no sé si sabe que trabajo de noche". Se me olvidó en cuanto abrió la puerta.
Don Rogelio
Abrió un señor de unos setenta y cinco años, chaparrito, con una camisa de cuadros abotonada hasta arriba y unos lentes de aumento subidos en la frente. Olía a madera y a Vick VapoRub. Detrás de él, en lo que en mi departamento es la sala, había una mesa de trabajo con una prensa de banco, un taladro de columna verde, frasquitos de pintura y, en el piso, sobre periódicos, como ochenta baleros.
Baleros. De madera, de los de la feria, con su palito y su cordón. Unos pintados de rojo con rayas blancas, otros todavía crudos, color de pan.
—Usted es la enfermera —me dijo, antes de que yo hablara—. La que llega a las ocho.
Él sí sabía quién era yo. Se llama Rogelio, fue maestro de taller en una secundaria técnica treinta y un años y desde que se jubiló hace baleros y trompos que vende los domingos en el tianguis de la Pastora. Los agujeros de los baleros los hace a mediodía porque en la mañana le tiemblan las manos y en la tarde ya no ve bien. "Después de comer es cuando tengo el pulso de joven", dijo, y me enseñó la mano, muy quieta, como prueba.
La negociación
Le expliqué lo de mi horario. Lo escuchó muy serio, asintiendo, con la misma cara que pone mi mamá cuando le explico algo del celular y no lo va a hacer. Luego dijo que su esposa, que ya murió, también decía que el taladro era una grosería, y que él siempre le contestaba que era una herramienta. Que ya no tenía a nadie que se lo dijera. Que le daba gusto que alguien se quejara otra vez.
No supe qué hacer con eso. En el hospital sí sé qué hacer con eso: me siento en el banquito y me quedo. Aquí estaba parada en la puerta de un desconocido, en pants, con mi frase educada perdida en algún lado.
Llegamos a un trato. Él taladra de cuatro y media a seis, cuando ya estoy despierta, y si un día le gana la prisa, antes de empezar le da dos golpecitos a la pared para avisar. Yo, a cambio, no le digo nada al administrador, al que tampoco conozco, y le compro un balero. Me quiso regalar uno. No lo dejé. Me lo cobró a treinta pesos, que es menos de lo que cuesta en el tianguis, y no lo dejé tampoco, pero ahí ganó él.
El clac
Elegí uno rojo con rayas blancas. Lo intenté ahí mismo, en el pasillo, y la bola me pegó en los nudillos tres veces seguidas. Don Rogelio se rio con toda la boca y me dijo que había que agarrarlo con la muñeca suelta, "como si no le importara".
Anoche, a las cuatro de la mañana, en el rato muerto, lo saqué en la central de enfermería. La Pao lo vio y dijo "¿de dónde sacaste eso, de un museo?". A las cuatro y veinte metí la bola por primera vez. Clac. Un sonido seco, de madera contra madera, que en ese silencio de lámparas zumbando se oyó hasta el cubículo cuatro.
Hoy dormí de corrido. A las cuatro y treinta y dos, cuando ya tenía la taza en la mano, escuché dos golpecitos en la pared. Y luego el taladro.


