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El pan ya no sabe a nada
El 3 de noviembre se levanta la ofrenda. Una tarde en casa de mi mamá guardando veladoras, un pan de muerto que ya probaron otros y la foto torcida del abuelo.

En la casa de mi mamá la ofrenda se levanta el 3 de noviembre, no antes. Ni el 2 en la noche, cuando ya todo mundo se fue del panteón y uno tiene ganas de recoger, ni el 4, porque entonces "parece que se te olvidó". El 3, en la tarde, con calma, igual que se puso. Me lo avisó ayer por el grupo, a las once de la mañana, cuando yo llevaba dos horas dormida: "Mañana a las cinco levantamos al abuelo. Traigan bolsas". Lo de levantar al abuelo lo dijo así, como si fuera a sacarlo a pasear.
Andrea contestó que ella llegaba a las seis porque tenía junta de padres. Lucía mandó un corazón y una foto de su propia ofrenda en su departamento, chiquitita, encima del microondas: una veladora, una foto del abuelo impresa en hoja de máquina y un plátano. Yo puse "ok" y me volví a dormir.
Lo que queda después de dos semanas
Llegué a las cinco y diez con dos bolsas del súper dobladas en la bolsa del pants. Mi mamá ya estaba sentada en el sillón, frente a la mesita, sin tocar nada, esperándome. Dice que no le gusta empezar sola porque se pone triste, pero creo que en realidad no le gusta empezar sola porque luego nadie le ayuda a cargar las cajas de zapatos al cuarto de atrás.
La ofrenda, de cerca, ya se veía cansada. El cempasúchil del mercado de La Cruz estaba seco y doblado, con los pétalos tostados en la orilla, y soltaba polvito naranja si lo tocabas. El papel picado tenía una esquina despegada que se movía cada vez que alguien pasaba. Los tamales que mi mamá puso nuevos el día primero estaban duros como piedra de río, y el arroz con leche, el del vaso de plástico, tenía una nata gruesa con la canela hundida, como un lago que se congeló con hojas adentro. El caballito de mezcal estaba vacío. No pregunté.
La regla del pan
Mi mamá sostiene, y su mamá sostenía, que lo que se queda en la ofrenda pierde el sabor porque los muertos ya se lo comieron. No se comen el pan, se comen lo que el pan tenía adentro. Por eso cuando se levanta, se come algo de lo que se puso, para comprobar. Es una prueba, como la del papel tornasol en el laboratorio de la escuela de enfermería, nada más que con azúcar.
Partió el pan de muerto con las manos, encima de una servilleta. Estaba seco pero no duro, el azúcar todavía pegado. Me dio un pedazo de la orilla, con uno de los huesitos, y ella se quedó con la bolita de arriba, que siempre ha dicho que es la parte de la cabeza y que le toca a la mayor de la casa. Masticamos las dos en silencio, viéndonos, como si estuviéramos catando un vino.
—No sabe a nada —dijo mi mamá, muy satisfecha.
A mí me supo a pan viejo con un poquito de naranja. Le dije que no sabía a nada. Asintió como quien confirma un diagnóstico.
Con el pan iba bien, pero con el arroz con leche ninguna de las dos se atrevió. Lo tiramos al fregadero y mi mamá le dejó correr el agua mucho rato, más del necesario, mientras decía "ya, ya, ya" en voz bajita, no sé si al arroz o al abuelo.
Las cajas de zapatos
Desarmar es más rápido que armar, y más feo. Las cajas de zapatos que eran escalones volvieron a ser cajas de zapatos, una de unas botas que mi mamá no usa desde 2015 y otra que todavía dice "Flexi, talla 24" en un costado. El mantel blanco tenía una mancha de cera de una veladora de verdad que alguien, en algún año, prendió a escondidas. Las flores secas las metimos en una de mis bolsas del súper, y la bolsa quedó oliendo a cempasúchil, ese olor amargo de tierra con pimienta, que se me quedó en las manos hasta el hospital.
Andrea llegó a las seis y veinte con mi sobrino chico, que entró corriendo, vio la mesita vacía y preguntó "¿ya se fue el abuelo?". Mi mamá le contestó que sí, que hasta el año que entra. Él dijo "ah" y se fue a buscar el control de la tele. Andrea me vio el pelo, me lo tocó por detrás como para comprobar que era cierto y dijo "sí te ves más joven, pero cansada", que en ella es un abrazo.
La foto
Al final quedó nada más el retrato del abuelo Tomás, en su marco, con la esquina de abajo un poco más alta que la otra. Mi mamá lo agarró con las dos manos. Andrea y yo nos quedamos quietas, porque las dos sabíamos qué estábamos esperando: si ahora, sin nadie viendo, sin altar, lo iba a enderezar.
No lo enderezó. Lo envolvió en una toalla de cocina de las de cuadritos, lo metió en el cajón del trinchador, entre los manteles de Navidad y una caja de cubiertos que nunca se usa, y lo acomodó con la mano adentro un rato largo, buscándole el ángulo. Luego cerró el cajón despacito, con la cadera.
A las siete menos cuarto me fui al hospital con un pedazo de pan envuelto en servilleta, porque mi mamá dijo que se lo diera a la Pao, que "a ella sí le va a saber". En el semáforo de Constituyentes, por curiosidad, le di otra mordida. Seguía sabiendo a pan viejo con un poquito de naranja. Supongo que eso era lo que el abuelo no quiso.


