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Treinta centímetros de chongo
Llevaba doce años con el mismo chongo. El sábado, después de volver a correr, me senté en la estética de Doña Yoli y salí con treinta centímetros menos.

El sábado volví a correr. Cinco kilómetros en la Alameda, despacito, como dijo el doctor Ruelas, con la rodilla callada todo el camino, que es lo más amable que me ha dicho en semanas. Llegué a la casa sudada y feliz, me quité la liga para bañarme y el pelo me cayó hasta media espalda, todavía con la forma del chongo, como un resorte cansado. Me vi en el espejo del baño, donde ahora vive la estampita de la Virgen, y pensé, con mucha claridad y sin ningún drama: ya.
Llevo el mismo chongo desde la escuela de enfermería. Doce años, más o menos. Ahí nos pedían el pelo recogido y yo nunca me lo volví a soltar, ni para las bodas. Lo único que cambiaba eran las ligas, que se me pierden a un ritmo de tres por semana y que aparecen después en lugares absurdos: en la palanca de velocidades, en la muñeca de mi sobrino, en el fondo del casillero, enredadas entre ellas como lombrices.
La estética de Doña Yoli
No tengo estilista. Tengo a Doña Yoli, que le corta el pelo a mi mamá desde que yo iba en primaria y que tiene su estética en la cochera de su casa, a dos cuadras de la reja verde. Se llama "Estética Yoli Unisex" y el letrero tiene una tijera pintada que parece más bien un pájaro. Adentro hay dos sillones de vinil rojo, un secador de casco de los de antes, que nadie usa pero que nadie se atreve a tirar, y una tele chiquita en la esquina con la novela de la tarde.
Llegué a las cinco y media sin cita, con el pelo todavía húmedo. Doña Yoli estaba haciéndole un tinte a una señora que tenía la cabeza llena de papelitos de aluminio, como antena. Me vio entrar y dijo "¿tú eres la de en medio de Tere?". Le dije que sí. "La enfermera." Que sí. "La que corre." Mi mamá, claramente, le cuenta todo.
Me senté a esperar en una silla de plástico, junto a un revistero con revistas de 2018. La señora del aluminio me preguntó qué me iba a hacer. Le dije que no sabía. Me dijo que eso era lo más peligroso que se le puede decir a Yoli.
¿Cuánto?
Cuando me tocó, Doña Yoli me soltó el pelo con las dos manos, lo levantó, lo dejó caer, y lo miró como el Güero miró la batería del Chevy: con cara de diagnóstico. "Está maltratado de las puntas, mija. Y de la liga. Mira, aquí tienes una marca". Me enseñó en el espejo un quiebre a la altura de la nuca, donde llevo doce años amarrándolo.
—¿Cuánto le quito?
Le enseñé con la mano, a la altura de los hombros. Ella subió mi mano dos dedos. Yo la bajé uno. Quedamos en medio, como siempre quedamos en mi familia.
Me hizo una trenza antes de cortar, apretada, como la que me hacía mi mamá los lunes para la escuela. Luego agarró unas tijeras grandes, de las que hacen ruido de tela, y la cortó de un solo tajo. Se oyó como cuando se rompe una rama verde. La señora del aluminio dijo "ay" por mí.
La cabeza ligera
Lo primero que sentí fue el cuello. Frío, de repente, como si alguien hubiera abierto una ventana atrás de mí. Lo segundo fue que la cabeza se me iba para adelante, sin el peso del chongo jalando hacia atrás. No sabía que llevaba doce años haciendo contrapeso.
Doña Yoli me emparejó, me puso un poquito de algo que olía a manzana y me secó con secadora de mano, porque el casco, dijo, "nada más es de adorno". Me cobró ciento veinte pesos y me dio una liga nueva de regalo, "para el hospital, que ahí sí te la vas a amarrar". Me la puse en la muñeca.
Le mandé foto al grupo de "Las Ortega". Andrea contestó: "te ves más joven". Y luego: "¿estás bien?", que es la pregunta que hace mi hermana cuando alguien de la familia cambia algo sin avisar. Lucía mandó una foto de ella, con su corte disparejo, junto a la mía: "ahora sí, gemelas". No somos gemelas. Ella todavía tiene un lado más corto que el otro.
Mi mamá no contestó en el grupo. Me esperó en la reja. Le había avisado Doña Yoli por teléfono antes de que yo saliera, eso lo supe después. Me tocó las puntas con los dedos, las olió, y dijo: "así lo traías en el kínder". No sé si fue un halago.
El domingo en la noche
En la guardia, la Pao pasó junto a mí en el pasillo y siguió de largo. A los tres pasos se regresó y dijo "¿Ortega?", con la misma voz con la que se le pregunta el nombre a un paciente que llega desorientado. Don Memo, desde la caseta, levantó el termo y no dijo nada, que en él es lo mismo que aplaudir.
Ahora el pelo me alcanza para una colita chiquita, del tamaño de una brocha. A las cuatro de la mañana, en el rato muerto, me descubrí con la mano en la nuca, buscando el chongo para apretarlo, como hacía siempre que estaba cansada. No había nada que apretar.
Hoy, saliendo del hospital, me bañé en la casa en diez minutos y el pelo se secó solo, en la almohada, antes de que me durmiera. Por primera vez en doce años no olía a hospital. Olía, todavía, un poquito a manzana.


