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Del otro lado de la lámpara

Una muela que dolía con el agua fría, una cita que me hizo Andrea sin preguntarme y una hora en el sillón del dentista, del lado en el que nunca me toca estar.

Foto: Harrison Keely · CC BY 4.0

Empezó el domingo, a las tres de la mañana, con el vaso de agua. Desde que pegué la nota de Doña Chela en el refri me tomo el agua aunque no tenga sed, y en el hospital la tomo del garrafón del cuarto de descanso, que en noviembre sale helada. Le di un trago grande y algo me cruzó la muela de abajo, del lado izquierdo, como un cable pelado. Me quedé quieta, con el vaso a medio camino, esperando a que se me pasara. Se pasó. Volvió con el siguiente trago.

La Pao me vio la cara y me dijo "ve al dentista". Le dije que sí. Me lo volvió a decir el lunes. Le volví a decir que sí. Es exactamente lo que me contestan los señores de sesenta cuando les digo que vayan a que les revisen la presión, y yo lo sé, y lo dije igual.

La cita que no hice

El lunes en la tarde cometí el error de quejarme en el grupo de "Las Ortega". Un mensaje, nada más: "me duele una muela con lo frío, qué flojera". A los seis minutos Andrea me mandó una captura de pantalla de su conversación con su dentista, la doctora Sotelo, donde ya me había apartado el martes a las cinco y media. Abajo puso: "No me lo agradezcas, nada más ve". Lucía mandó un emoji de diente. No sabía que existía un emoji de diente.

El consultorio está en un segundo piso, arriba de una farmacia, en la avenida Universidad. Se sube por una escalera angosta con un pasamanos de fierro pintado de blanco que deja la mano oliendo a monedas. En la sala de espera hay un acuario con un solo pez anaranjado, enorme, que no se mueve, y un niño de unos siete años que lloraba sin lágrimas, por oficio, mientras su papá veía el celular.

La recepcionista me dio una tabla con un formulario. En "ocupación" puse "enfermera". Lo leyó, me sonrió y dijo: "Ah, bueno, entonces a usted no le da miedo". Le sonreí también. Fue lo último que hice con confianza esa tarde.

La silla

Una cosa es saber cómo funciona algo y otra es estar acostada abajo. La doctora Sotelo es joven, de cubrebocas con dibujos de molares, y habla muy despacio, como hablo yo con los pacientes que llegan asustados. Me di cuenta en cuanto me reclinó el sillón y la lámpara se me prendió en la cara: me estaba hablando como yo hablo. Me estaba tratando como yo trato. Y funcionaba un poquito, lo cual me dio coraje.

No pude dejar de ver la charola. Conté los instrumentos. Leí la etiqueta de la lidocaína al revés, reflejada en el vidrio del gabinete. Cuando me picó, le pregunté cuántos mililitros, y ella me contestó sin dejar de picar: "Los que hagan falta, Audrey". Es una buena respuesta. La voy a usar.

Tenía las dos manos agarradas de los descansabrazos. Ella me tocó una, sin decir nada, y la solté. Luego me di cuenta de que la había vuelto a agarrar.

El taladro, otra vez

Era una fisura chiquita en una muela vieja, de las que se rellenan. La causa, dijo, era yo. Que aprieto. Que tengo el desgaste de alguien que duerme con la quijada trabada, y me preguntó, mientras preparaba la pieza de mano, si dormía bien. Me reí con la boca abierta, con el eyector de saliva adentro, que es una risa que no se le recomienda a nadie.

Luego vino el ruido. Agudo, finito, entrando por el hueso hasta un lugar detrás de los ojos. Lo reconocí: es el lugar donde me llega el taladro de Don Rogelio a la una de la tarde. Cerré los ojos y me puse a contar. Cuatro, pausa, cuatro. La doctora no trabaja con ese ritmo, trabaja con uno más corto y más cuidadoso, pero yo conté de cuatro en cuatro de todos modos, porque era lo único que traía.

Me tomó unas impresiones con una pasta rosa que sabe a menta y a yeso, para hacerme una guarda de acrílico que me tengo que poner para dormir. Me la entregan el martes que entra. Me cobró la resina y me perdonó la consulta "por ser cuñada de Andrea", que no soy, pero no la corregí.

Labios juntos, dientes separados

Salí con media cara dormida. En el semáforo de Universidad me vi en el retrovisor y tenía el labio de abajo un poquito caído, como de señora que está a punto de decir algo y se arrepiente. Llegué a la casa y me tomé un vaso de agua, del grifo, al tiempo, y se me escurrió la mitad por la barbilla porque esa mitad de la boca no se había enterado.

Antes de soltarme, la doctora me dio una sola instrucción, en una tarjeta con su logotipo: "Labios juntos, dientes separados". Que lo practicara de día, despierta, para que el cuerpo lo aprendiera solo. Me pareció una tontería. Es el tipo de cosa que yo escribo en una hoja de alta y que sé que nadie va a leer.

Esta mañana llegué del hospital a las ocho y cuarto, me bañé, me puse los tapones y cerré la cortina. Ya acostada, con los ojos cerrados, en ese momento en que todavía oyes el gas en la calle pero ya no te importa, me di cuenta de que tenía la quijada apretada. Apretada de verdad, como un puño. No sé desde cuándo. A lo mejor desde la escuela de enfermería, como el chongo.

La aflojé. Labios juntos, dientes separados. A los diez segundos estaba apretada otra vez. La volví a aflojar. Así me quedé dormida, en algún momento, sin saber de qué lado iba ganando.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →