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Prohibido soplar

La Pao cumplió años a media guardia. Un tres leches escondido en la caseta de Don Memo, las mañanitas en voz baja y unas velitas que no se podían prender.

Foto: objectfox · CC BY 2.0

La Pao cumple años el 6 de noviembre y desde hace cuatro años pide trabajar esa noche. Lo descubrí por accidente, revisando el rol pegado con diurex en la central: su nombre siempre está ahí, en la noche del 5 al 6, aunque el resto del mes lo tenga lleno de cambios, tachones y flechitas. Ella, que es capaz de cambiar una guardia por un chicle, esa nunca la cambia.

Le pregunté una vez por qué. Me dijo que así nadie le hace fiesta. Que en su casa le cantan, le sacan fotos con el pastel, le preguntan si ya tiene novio, y que en urgencias, a las cuatro de la mañana, nadie se acuerda de nada. Este año le falló, y fue culpa mía.

El tres leches

Me desperté a las cuatro de la tarde, me tomé el café de pie y fui a la pastelería de la avenida Zaragoza, la que tiene en el aparador un pastel de boda de unicel que lleva ahí desde que yo iba en la secundaria. Pedí un tres leches chico, de los de doce rebanadas, y una plaquita de chocolate blanco que dijera "Feliz cumpleaños Pao". La muchacha me preguntó si Pao era de Paola o de Paulina, por si quería el nombre completo. Le dije que no sabía. Escribió Pao, que sirve para las dos.

El problema de un pastel en urgencias no es comprarlo, es esconderlo. El refri del cuarto de descanso es de todas, y la Pao lo abre cada hora para ver si alguien trajo algo. Así que llegué a las siete menos diez con la caja abrazada contra el pecho, como si fuera un expediente delicado, y se la di a Don Memo por la ventanilla de la caseta.

Don Memo tiene ahí, debajo de la mesa, una hielera roja donde guarda su lonche y, según él, "cosas de seguridad". No preguntó nada. Sacó dos tuppers, metió la caja de lado, cerró la tapa y le puso encima su termo verde, como un pisapapeles. "Aquí nadie lo toca", dijo.

La noche que no se dejó

El plan era a las doce en punto. A las doce en punto llegaron tres ambulancias en veinte minutos y la Pao estaba con los brazos hasta el codo en lo suyo, que no es mío y no lo voy a contar. A la una tampoco. A las dos tampoco. Yo le mandaba mensajes a Don Memo desde el baño, "todavía no", y él contestaba con un pulgar, el mismo pulgar cada vez, como si lo tuviera guardado.

A las tres y media, por fin, la sala se quedó quieta. Esa quietud rara de urgencias, que no es silencio sino un ruido parejo: los monitores, la máquina de café que gotea, alguien roncando en la sala de espera con la cabeza en el hombro de otro alguien. El doctor Ruelas salió de su consultorio, se estiró, y yo le hice una seña con los ojos. Ya sabía. Todo el turno sabía, menos ella.

Las velitas

Las velas no se pueden. En urgencias hay oxígeno en las tomas de la pared, en los tanques, en las mascarillas, y una llamita en el lugar equivocado es una noticia del periódico. Eso lo sabíamos todas desde la escuela, así que habíamos quedado en otra cosa.

Don Memo trajo la hielera hasta el cuarto de descanso, cargándola con las dos manos, muy serio, como si trajera un órgano. Sacamos el pastel, le pusimos la plaquita derecha y apagamos el foco. Cuando la Pao entró a buscar su café, estábamos cinco personas apretadas entre el refri y los casilleros, cada una con la lámpara del celular prendida adentro de un vaso de unicel, apuntando para arriba. Cinco velitas blancas, gordas, que temblaban porque nos temblaba la mano de risa.

Le cantamos las mañanitas en voz bajita, casi en secreto, porque a seis metros había gente durmiendo que necesitaba seguir durmiendo. Unas mañanitas susurradas suenan a rezo. El doctor Ruelas desafinó en "el día en que tú naciste" y Don Memo lo tapó con un "¡eso!" demasiado fuerte que nos hizo callar a todos con un "shhh" de cinco bocas.

La Pao se quedó en la puerta con la taza vacía en la mano. Dijo "no manches" tres veces, cada una más bajito. Luego se tapó la cara con el antebrazo, como hacemos cuando tenemos las manos sucias, y se quedó así un rato.

El tres leches frío

Partimos el pastel con un abatelenguas nuevo, todavía en su sobre, porque nadie tenía un cuchillo, y lo servimos en servilletas. El tres leches estaba helado de la hielera de Don Memo. Le di una mordida grande sin pensar, con la muela de la doctora Sotelo, y esperé el cable pelado. No llegó. Nada más llegó lo frío y lo dulce, y me dio tanto gusto que me comí otra rebanada para comprobar.

La Pao comió parada, junto a la ventana, sin decir mucho. Dijo que el año que entra iba a pedir la noche del 5 de todos modos. Que ahora era peor, porque ya sabíamos. El doctor Ruelas se llevó un pedazo a su consultorio, "para la rodilla de alguien", y Don Memo se llevó dos, uno para él y otro que dijo que era para su señora, aunque su señora estaba dormida en Santa Rosa Jáuregui.

Antes de que prendiéramos el foco otra vez, la Pao se limpió las manos en el pantalón, se acercó a los vasos de unicel que seguían en la mesa con las lamparitas prendidas, y sopló. Fuerte, con los cachetes inflados, como sopla una niña de seis años. Los cinco nos quedamos viéndola. Luego, sin ponernos de acuerdo, cada quien apagó la suya, una por una, como si le hubiera funcionado.

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →