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La del 302

Tendí los uniformes en la azotea y me fui al hospital. A las dos de la mañana llovió. En la mañana mi ropa estaba doblada en una bolsa, colgada de mi puerta.

Foto: Alex Vasey · CC0

Lavo los miércoles. No porque sea un buen día, sino porque es el único en que me despierto con ganas de algo más que café. Ayer metí a la lavadora los tres uniformes de la semana, las sábanas, las toallas y la pijama que ya se paraba sola, y a las cinco y media subí todo a la azotea en una tina de plástico, apoyada en la cadera, con la rodilla opinando en cada escalón.

La azotea a esa hora es otra cosa que la de mi noche libre. Hay sol, poquito, ya de lado, pegándole a los tinacos negros. Hay tres tendederos de alambre, uno por cada piso que se acuerda de usarlo, y la silla de plástico rota en su esquina de siempre. Tendí rápido, con las pinzas en la boca, porque a las siete tenía que estar saliendo. Los uniformes, azul marino, quedaron en fila como si estuvieran formados para entregar guardia.

No los bajé. No me acordé. Me acordé a las dos de la mañana, en el cubículo cuatro, cuando alguien abrió la puerta de urgencias y entró ese olor a tierra mojada que en noviembre aquí casi nunca llega.

Lo que hace la lluvia a las dos de la mañana

Era el frente frío que anunciaban en la tele de la sala de espera desde el lunes, el que nadie creyó. No fue tormenta, fue una de esas lloviznas finitas y necias que no hacen ruido y lo mojan todo. La Pao se asomó por la ventana del pasillo y dijo "ay, mi ropa". Yo dije "ay, la mía". Nos vimos y nos reímos, porque las dos teníamos ropa tendida a diez kilómetros y doce horas de distancia, y no había nada que hacer más que seguir tomando signos vitales.

La bolsa en la puerta

Llegué a las ocho y cuarto y subí directo a la azotea, sin dejar las llaves. El tendedero estaba vacío. Ni una pinza. El piso brillaba, los tinacos goteaban, y en el alambre del tercer piso había unas sábanas de florecitas, las mismas de aquella noche, tendidas otra vez y escurriendo. Pensé lo peor, que en mi caso siempre es lo más aburrido: que se había caído todo y que tenía que ir a tocarle al del perro.

Bajé a mi piso con la cara que se le pone a una a esa hora. Y colgada de la perilla de mi puerta había una bolsa grande de Soriana, de las de rafia. Adentro estaba mi ropa. Doblada. Los uniformes con las mangas para atrás, como en tienda. Las toallas en tres. La pijama hasta arriba, como si alguien hubiera decidido que eso era lo más personal y había que dejarlo a la vista para que yo supiera que nada se había perdido. Todo un poquito húmedo, olía a lluvia y a mi suavizante.

Entre las toallas había un papelito arrancado de una libreta de rayas: "Se le iban a mojar. Las sábanas no cupieron, ahí se las dejo en mi silla. Marisol, 302". Las sábanas estaban en una silla de madera, afuera del 302, en el piso de arriba, dobladas sobre un periódico para que no se mancharan.

Marisol

En la tarde, ya despierta, subí a darle las gracias con un paquete de galletas Marías, que es lo que había en la alacena y lo que, según mi historia, sirve para tomar decisiones importantes. Me abrió una mujer de unos cuarenta, en pants, con un bebé dormido en el hombro y una toalla de cocina en el otro, por si acaso.

—Usted es la de los zuecos —me dijo—. La oigo subir a las ocho.

Ya me lo habían dicho antes, en otra puerta, con otras palabras. Parece que en este edificio todos saben quién soy menos yo.

Se llama Marisol. El bebé se llama Emiliano, tiene cuatro meses y se despierta todas las noches a las dos, puntual, como si alguien le hubiera puesto la alarma. Ella le da de comer y luego no se puede volver a dormir, así que sube a la azotea a tender las sábanas que lavó en el día, porque es el único rato en que tiene las manos libres. "Las de florecitas", le dije. Se le puso la cara roja. "Me vio." Le conté que sí, una noche, desde la orilla del cuarto de servicio, y que le había mandado foto a una compañera. Le pareció lo más chistoso del mundo. El bebé ni se movió.

Anoche, cuando empezó a llover, ella estaba arriba con él en el rebozo. Bajó sus sábanas a medias y luego vio las mías. "No iba a dejar a los uniformes ahí, pobres, formaditos." Bajó todo en dos vueltas, con Emiliano dormido, y dobló mi ropa en su sala a las tres de la mañana, viendo una película sin volumen.

Le dije que me había despertado igual que yo. Me dijo que no, que ella no trabaja de noche, que nada más está despierta. Que no es lo mismo. Me quedé pensando que tiene razón, y que a lo mejor es peor.

Las sábanas de florecitas

Hoy salí del hospital a las siete y cuarenta con el cielo gris, bajito, de esos que en Querétaro no se deciden. Llegué al edificio a las ocho y cuarto y, antes de entrar a mi casa, subí a la azotea por costumbre, aunque ya no tenía nada tendido.

Las sábanas de florecitas estaban otra vez en el alambre del tercer piso. Empezaban a caer gotitas, de las que se ven en el tinaco antes que en la cara.

Las descolgué. Las doblé en el cuartito de servicio, sobre la tapa de una cubeta, con las manos todavía oliendo a gel antibacterial. La sábana normal me quedó bien. La de resorte no, porque nadie en la historia de la humanidad ha doblado bien una sábana de resorte, y yo menos a las ocho y veinte de la mañana después de doce horas de guardia. Quedó como un bulto con forma de nube.

La dejé en la silla de madera, afuera del 302, con un papelito arrancado de mi libreta de pendientes: "La de resorte la doblé como pude. Audrey, de los zuecos".

Escrito por

Audrey Ortega

  • 33 años
  • Enfermera de urgencias
  • Querétaro, Querétaro

Enfermera de noche, corredora lenta, hermana de en medio. Más sobre mí →